Como viene siendo habitual Óscar González, nos deleita con un artículo sobre cada uno de los puntos del Pacto. Hoy en referencia al punto nº 1 del Pacto, en relación al Profesorado, nos deja un ejemplo muy realista e impactante, que habla sobre el amor al alumnado.

“Querré más a mis alumnos que a la asignatura. Siempre diré o reconoceré a padres y madres algo bueno de mis alumnos y me empeñaré en descubrir sus talentos”

Esta semana abordamos la parte del Pacto que tiene que ver con el profesorado y en este primer punto del Pacto aparece la palabra clave en la educación: el amor. Pero se hace especial hincapié en algo necesario, el amor no solo a la asignatura sino principalmente el amor por nuestros alumnos. Cuando hablamos de educación nos perdemos en teorías, ideas, problemas y conceptos olvidando realmente lo esencial: que educar es amar. El amor es y debe ser la fuerza motriz de nuestra acción educativa (tanto si somos padres como si somos docentes).

Este cariño lo debemos mostrar con nuestras acciones y con nuestras palabras. Palabras que deben ir revestidas de afectividad. Como afirma Josep M. Marrasé: “los índices de superación de nuestros alumnos dependen en buena parte de la percepción de un interés real hacia ellos y de nuestra capacidad de mostrarles estímulos seguros, basados en la coherencia y en el ejemplo”. El alumno debe percibir el mensaje: tú eres importante.

Si partimos de ahí podemos lograr grandes cambios. Me gustaría ilustrar esto con una sencilla pero profunda historia de Eric Butterworth extraída del libro “Sopa de Pollo para el Alma” que te ayudará a reflexionar sobre lo que estamos diciendo:

“Un profesor universitario quiso que los alumnos de su clase de sociología se adentrasen en los suburbios de Boston para conseguir las historias de doscientos jóvenes. A los alumnos se les pidió que ofrecieran una evaluación del futuro de cada entrevistado. En todos los casos los estudiantes escribieron: «Sin la menor probabilidad». Veinticinco años después, otro profesor de sociología dio casualmente con el estudio anterior y encargó a sus alumnos un seguimiento del proyecto, para ver qué había sucedido con aquellos chicos. Con la excepción de veinte individuos, que se habían mudado o habían muerto, los estudiantes descubrieron que 176 de los 180 restantes habían alcanzado éxitos superiores a la media como abogados, médicos y hombres de negocios.  

El profesor se quedó atónito y decidió continuar el estudio. Afortunadamente, todas aquellas personas vivían en la zona y fue posible preguntarles a cada una cómo explicaban su éxito. En todos los casos, la respuesta, muy sentida, fue: «Tuve una maestra». La maestra aún vivía, y el profesor buscó a la todavía despierta anciana para preguntarle de qué fórmula mágica se había valido para salvar a aquellos chicos de la sordidez del suburbio y guiarlos hacia el éxito. 

—En realidad es muy simple —fue su respuesta—. Yo los amaba.”

¿Qué te parece? Una preciosa historia… Además del amor por nuestros alumnos, es fundamental que eduquemos en positivo. Para poder hacerlo es necesario introducir una serie de “ingredientes en nuestras clases”. Son los siguientes:

  1. Sonreir: No me cansaré de repetir que nuestro estado de ánimo (y también el de los que tenemos cerca) puede cambiar simplemente con una sonrisa (o mejor aún, riendo). Como destaca Tîch Nhât Hânh:

Algunas veces tu alegría es la fuente de tu sonrisa, pero a veces tu sonrisa puede ser la fuente de tu alegría. 

Por este motivo es necesario que, a pesar de las dificultades y problemas diarios, eduquemos a nuestros alumnos siempre con una sonrisa. La sonrisa es contagiosa y con ella lo que transmitimos es optimismo y alegría.

  1. Eliminar las quejas: Nuestros alumnos viven instalados en la queja continua. Nuestras palabras no solo describen la realidad sino que la crean. Si ante las adversidades que se nos presentan nuestra manera de reaccionar es a través de la queja y el victimismo esto es lo que acabaremos transmitiendo a nuestros alumnos. Debemos explicarles y mostrarles que la queja no te ayuda a avanzar, no soluciona tus problemas y además genera un estado mental y emocional negativo. Por tanto, de nada sirve quejarse y lo que debemos transmitir a nuestros alumnos es la capacidad que tenemos de elegir cada momento y de qué forma lo queremos vivir: si como una queja o como una oportunidad para seguir creciendo. Podemos elegir. En palabras de Tal Ben-Shahar:

La elección desata el potencial de cada momento. Una vez que eres consciente del  potencial de cada momento, tu vida gana fuerza, se vuelve trascendental. Cuando un momento es importante, la vida es importante. 

Viéndolo así, no podemos perder ni un minuto en quejarnos…

  1. Actuar con sentido del humor. No concibo las clases, estar en el aula actuando sin sentido del humor. Nos ayuda a conectar emocionalmente con nuestros alumnos y al mismo tiempo a desdramatizar ciertas situaciones.

Además de todo esto los docentes debemos convertirnos en “buscadores de cualidades y no de defectos”. Para poder conseguir descubrir sus talentos es esencial que los conozcamos de verdad: que dediquemos tiempo a hablar con ellos, que se sientan escuchados, que se sientan protagonistas de su verdadero crecimiento, conocer sus aficiones, su organización del tiempo, etc. Para ello es necesario que mantengamos una comunicación fluida con su familia.

En este punto me gustaría destacar que también debemos dar un enfoque optimista y entusiasta a nuestras comunicaciones con las familias y poner el foco en lo que hace bien el niño no solamente en lo que hace mal o se equivoca. No podemos convocar tutorías con los padres solamente para decirles lo mal que hace las cosas su hijo. Es bueno y necesario que les convoquemos para felicitarles por su acción educativa e informar de la buena marcha de su hijo. Salimos ganando todos de este enfoque positivo pero sobre todo el auténtico protagonista de la historia: el alumno.

 

Óscar González