La creciente falta de confianza entre los padres y los profesores es una firme realidad. Y cuando los problemas educativos se hacen evidentes, se crean dos grupos separados que luchan para ver quién tiene más razón y quién más culpa.

Os describiré como veo la situación con el ejemplo de lo que observé con un grupo de alumnos de 12 años, en La Granja Escuela donde trabajo.

Fue en el taller de “Navegar en equipo”. Había dos barcas, y en cada una, seis niños. El reto era navegar por la piscina y que tu barca consiguiera el máximo número de pelotas de colores que había flotando en el agua.

Una de las barcas se organizó muy bien y enseguida se pusieron de acuerdo. Incluso repartieron el peso para que la barca navegara con más equilibrio y decidieron quienes serían los dos remeros para que las fuerzas fueran iguales. En pocos minutos empezaron a remar y pronto consiguieron ir en línea recta hacia las pelotas de colores.

En la otra barca no hablaron ni planificaron, cada uno se sentó donde quiso o donde le quedó un espacio libre. Dos de los chicos decidieron liderar la barca cogiendo los dos remos, sin hablarlo ni consensuarlo con el resto, y sin más preámbulos empezaron a remar con fuerza. Curiosamente los dos remeros se pusieron uno de espalda al otro, y lógicamente la barca sólo hacía una cosa, ¡dar vueltas sobre sí misma!

El ambiente de esta barca se empezó a crispar cuando vieron que la otra ya tenía la pelota roja en su poder y navegaban hacia la segunda. Los niños empezaron a gritar a sus líderes, para que remaran con más fuerza, nerviosos porque estaban perdiendo, pero lo único que hacía la barca era girar con más rapidez. Al ver que no avanzaban, los dos remeros empezaron a acusarse mutuamente que el otro era el culpable, lo cual era inevitable ya que estaban sentados uno de espalda al otro. Pero ninguno de ellos se dio cuenta de este pequeño detalle y siguieron remando, uno en contra de la dirección del otro, y cada vez con más ímpetu. Aunque ese día no hacía calor, el sudor les mojaba la camiseta, y ellos, tozudos, remaban y remaban, bajo la presión de sus compañeros, que veían desesperados como perdían el reto. Y a ninguno se le ocurrió o se atrevió a decir que tenían que parar un momento y pensar en hacer algo diferente, en buscar otra estrategia.

Ese día los chicos aprendieron que para conseguir un objetivo común se ha de trabajar en equipo, que hay que sentarse al lado del otro, no de espaldas, y remar juntos, en la misma dirección pero también al mismo ritmo para que la barca no se tuerza. Y que es imposible llegar a buen puerto, entenderse, ¡si ni siquiera nos miramos!

¿Sabéis? Esto es lo que está pasando muchas veces entre familia y escuela, que no se miran porque aunque están los dos en la misma barca, van sentados unos de espalda a los otros, remando con fuerza. Y no les podemos decir a los padres que lo hacen mal, porque se esfuerzan,  ni quejarnos del profesor porque también rema con diligencia y habilidad, pero no consigue de ninguna de las maneras enderezar la dirección de aquella barca, de ese alumno, porque detrás tiene alguien remando en una dirección diferente. Y es que cuando no nos miramos…, no nos entendemos ni avanzamos.

Padres y profesores tenemos el reto de entendernos, de mirarnos y de coger juntos los remos para avanzar en esa barca de la educación que son nuestros hijos.

Y si somos capaces de hacerlo, ¡no nos detendrá ninguna tempestad!

Cristina Gutiérrez Lestón

La Granja Escola